Nicole Pajero


Cuando yo estaba en ultimo año en la escuela, llevé una clase de filosofía. La maestra nos asignó un proyecto sobre la moralidad, que cuestionaba los valores más profundos de nuestra humanidad; por ejemplo: ¿Nacemos buenos y la sociedad nos hace malos?; ¿Es la prostitución correcta si no es obligada?; ¿El gen de la mentira viene dentro de nosotros o la sociedad nos hace mentirosos?; y así muchísima preguntas que nos hacían cuestionarnos tantas cosas que nunca habíamos visto desde otro punto de vista. Uno escogía el tema que le llamara la atención y hacía su exposición de lo que uno pensaba que era lo correcto. Me acuerdo que yo escogí el tema de la prostitución porque en ese entonces yo era completamente mentirosa, tan mentirosa que un amigo muy querido me puso “Nicole Pajero” o “Nicky P”, y cómo que no era muy ético que alguien tan mentiroso escogiera la mentira. Mentirosa, pero íntegra (jaja).

Yo sabía que mentir estaba mal, pero realmente eran mentiritas piadosas, no herían a nadie. Me podía llevar una apenada, pero no era nada grave. Yo fui a todas las catequesis, sabía que mentir no era lo correcto, pero pensaba que Dios tenía temas más importantes que tratar que las mentiras de una niña consentida con una imaginación bien floreada. Total ÉL me había dado la imaginación.

Desde chiquita cultive ese “vicio”. Me acuerdo que muy pequeña, una amiga llamó a mi mamá cuando mi hermano Fer acababa de nacer, con apenas 5 años yo contesté el teléfono y cuando me preguntaron por mi mamá y el bebé, muy elocuentemente y sin dudarlo contesté que un gato salvaje había entrado a la casa y había arañado a mi mamá y a mi hermanito, pero que estaban bien y que mi mamá no podía atender el teléfono porque estaba descansado después del hecho. Los días pasaron y la amiga nuevamente llamó a mi mamá para ver cómo seguía después de que “el gato salvaje entrara a la casa” y mi mamá contestó la llamada asustada de lo que yo había dicho. Realmente no me acuerdo en qué terminó todo, pero creo que una buena y merecida regañada me tuve que haber llevado.

A medida fui creciendo, seguí mintiendo. Acomodaba las verdades u omitía hechos. Todo lo que hiciera mi vida fácil con las mentiras, era válido. No fue hasta que vi las repercusiones enormes que esto estaba teniendo en mi, en mi manera de pensar y en los que amaba, que decidí dejar de mentir. Desde ese entonces, muy orgullosamente puedo decir que no miento, omito ni tergiverso los hechos; y créanme, la imaginación sigue igual de florida que siempre, o tal vez más, pero la silencio y trato de decir las cosas como son y no como mi imaginación me las dice. Soy lo más transparente que puedo, aunque esto me meta en problemas, hasta en las cosas más pequeñas. Por ejemplo, en estos días entré al baño de visitas de mi casa y sin querer se cerró con llave. Cuando empezaron a preguntar quién había sido, trate de quédame callada, pero me sentía mal por no admitir mi culpa y mejor dije que había sido yo. Todo el mundo se rió de mi cara y mi declaración de honestidad.

Esta semana después de una larga jordana de leer leyes y reglamentos, distraje mi mente con un fabuloso libro escrito por una hondureña viviendo en Dinamarca. En algún momento le dedicaré un Viernes de Nicole completo, ya que me pareció sencillamente brillante y más que nada honesto y transparente. Pero una frase en particular llamó mi atención:


“…Las repercusiones de mentir-aparte de no decir la verdad- lo cual es suficientemente malo, puede tener consecuencias profundas. Mentir corroe quienes somos de manera lenta y dolorosa; nos hace preguntarnos nuestros más profundos e intrínsecos valores. Nos hace preguntarnos qué tanto amamos a la gente que nos ama…”


Me pareció algo tan profundo y me hizo reflexionar en nuestra cultura de la mentira y cómo nos hemos acostumbrado a acomodar nuestras verdades a nuestra conveniencia. Pensé en mis épocas de “Nicole Pajero” y cuan sin sentido resultaban. Que posiblemente lo hacía por tener la razón, por no perder mi estatus de “cool” y simplemente abracé el hábito como mío y me quedé así.

La frase del libro “Fearless”. Escrito por Marcela Franco.


En estos días me he dado cuenta que por más que nos gloriemos de no decir mentiras, todos lo hacemos de una manera u otra. Todos acomodamos los hechos para ajustarlos a nuestra verdad, y la verdad no tiene versiones ni acomodaciones, es solo una. Tendemos a exagerar los hechos simplemente para hacerlos más creíbles o que si lo hacemos más jugosos, se volverán “más” ciertos. La verdad no necesita hipérboles, en su sencillez es perfecta. Todos omitimos hechos para no tener que dar explicaciones, nos escudamos en que somos prudentes, pero la verdad es que al final del día terminamos escondiendo algo.

Entonces, ¿por qué mentimos? ¡Lo hacemos!Todos tenemos verdades a medias, mentiras blancas o piadosas; Omisiones y pequeños ajustes, si la verdad, NO los necesita. Solo nos dañamos a nosotros mismos y a los que amamos.

Como dice la frase “la mentira corroe de manera lenta y dolorosa… nos hace preguntarnos que tanto amamos a la gente que nos ama”. No tenemos necesidad de corroernos de manera lenta y dolorosa, no tenemos necesidad de herir a los que amamos ni a nosotros mismos con la mentira. La verdad siempre nos hará libres en su manera más simple y pura. Sin exageraciones ni omisiones. No hay ni verdades ni mentiras a medias.

La frase me hizo pensar en el proyecto de último año en la clase de filosofía y en aquel entonces probablemente hubiese dicho que nacíamos mentirosos y que simplemente nos íbamos perfeccionado en la mentira a medida que íbamos viviendo. Hoy sé que no es así, que mentimos por conveniencia propia. Aunque ya no miento y de verdad trato de ser lo más transparente y abierta posible, estoy segura que he omitido más de alguna cosa, pero no es lo correcto. Esta frase me llamó a la reflexión de estar más atenta de mis palabras, mis acciones y hasta de mis pensamientos, para nunca más ser Nicole Pajero.
¡Feliz Viernes! 😊

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