La Paciencia todo lo alcanza

En estas épocas navideñas todos nos ponemos un poco tensos. Los ánimos se elevan, andamos siempre de prisa, el tráfico aumenta. Todo parece que se nos va a acabar. Perdemos la paciencia con todo el mundo. Vamos en el carro gritándole y pitándole al de enfrente o al de al lado. Vivimos estos días en desesperación. En lugar de que todo el mundo esté tranquilo, sintiendo paz y gozo, la gente anda estresada y molesta. 
La semana pasada en mi colonia hubo un problema con la compañía de seguridad. Por falta de pago de los vecinos, la seguridad decidió retirarse; pero mientras no se pagara lo que se adeudaba, las trancas seguirán ahí y ellos no las levantarían. Esto causó un tráfico tal que la fila de vehículos llegaba hasta el bulevar. Era un desorden. El primer día no tuve inconveniente alguno, hice mi fila y esperé mi turno. El segundo día, con menos paciencia, esperé mi turno tranquilamente. El tercer día, ya estaba molesta. Yo estaba al día en mi pago y el guardia se rehusaba a dejarme pasar. Estaba molesta porque evitaba la libre locomoción tanto de vehículos como de transeúntes. Cuando hablé con él, me contestó molesto, y después de tres días de explicarle que estoy al día, humanamente me molesté. Llegué a mi casa tan revuelta que dije que ojalá llegaran a botar esos portones y trancas. El caos continuó en mi colonia por toda la semana.
Hablando con mi hermano, me comentó que una noche de la turbulenta semana, al llegar él a los portones le preguntó al guardia qué tal estaba. El guardia le respondió contándole lo pesada que había sido su semana. De cuánto maltrato había recibido, de lo decepcionado que se encontraba de todo lo que la gente le decía. Le hablaba de la preocupación que sentía por el hecho de que las personas no pagaran y las responsabilidades que él tenía dependían de ese pago. Le comento la impotencia que sentía cuando la gente le insultaba a la mamá y de lo fácil que resultaría apretar el gatillo del arma asignada contra la persona que propicia todos estos oprobios.
Cuando el muchacho se terminó de desahogar, mi hermano tomó la palabra. Le dijo que no valía la pena desgraciar su vida y la de su familia por personas que no saben tener paciencia. Mi hermano le explicó que todos tenemos problemas de diferente índole, que había que tener paciencia y encomendarse a Dios para que nos de la fuerza día a día para salir adelante. El guardia escuchó cada una de las palabras de mi hermano atentamente. Al final le agradeció por haberse tomado el tiempo de escucharlo y le daba la razón. Mi hermano se fue con el corazón contento, dispuesto a cambiar la mentalidad de todo el que pudiera para hacer más agradable la vida de esos guardias. 
Mientras hablamos él me decía, “Nicky estos guardias no tienen nada que perder, son una bomba de tiempo. Cualquiera que les diga algo puede alterarlos y te matan. Nosotros no sabemos lo que ellos viven, no tenemos ni idea sus problemas y en nada ayuda que les gritemos.” Cuando mi hermano me dijo eso, de inmediato le di la razón. Me sentí tan mal por haber alegado con el guardia y por haber perdido la paciencia. Mi hermano estaba en lo correcto. Debíamos mostrar empatía hacia estas personas que nos brindan un servicio y a las que se les está vulnerando su derecho. Yo había visto solo mi lado, había cumplido con mi obligación y esperaba que se me respetara mi derecho. 
La cuestión es que como seres humanos fácilmente perdemos la paciencia cuando algo no va de la manera que nos conviene a nosotros. Si algo afecta nuestra situación, de inmediato perdemos los estribos y podemos mentarle la madre a quien sea. En rara ocasión escuchamos a otro. Fácilmente olvidamos que debemos escuchar para entender y no escuchar para responder. Muy rara vez nos ponemos en los pies del otro para saber qué es lo que ellos están pasando. Es tan fácil perder la amabilidad, la dulzura y la paciencia con otros cuando sus acciones, pensamientos o palabras no coordinan con las nuestras. Es fácil olvidarnos de lo “cristianos” que somos cuando nos sentimos “vulnerados”, ¿pero si nos tocamos el corazón y hacemos conciencia, realmente estamos contestamos desde el amor y la paciencia o desde el enojo y la desesperación? 
Siendo completamente honesta con ustedes, como siempre lo soy, yo sí me molesté, yo sí me enfadé, quería que se me dejara pasar porque yo había cumplido con mi parte del trato, pero jamás pensé que al guardia se le había fallado. La plática con mi hermano me llevó a tal reflexión que fui a pedirle disculpas al guardia. Él no se acordaba, pero me agradecido que me tomara el tiempo de reconocer su labor. 
En estos días que nos quedan de este tan hermoso mes, les insto a que no pierdan su paciencia con las personas. Escúchenlas, compréndanlas, muéstrenles amor y caridad. Que nuestra meta sea que todo el que se encuentre con nosotros se vaya más feliz de lo que llegó. Demos paz y comprensión de nuestro lado. 
¡Feliz Viernes! 😊

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