Dolor de Muelas

Hace dos semanas me extrajeron las cuatro cordales. No dos primero y dos después, ¡no! Fueron las cuatro juntas. Mis cordales habían estado juiciosas durante 15 años más o menos, sin que ningún problema aconteciese. Sin embargo, las raíces de las mismas estaban chocando con mis nervios, causándome dolores de oídos y cabeza terribles. Antes de someterme a la extracción, mi mamá me dijo “no te preocupes, eso se te pasa en un dos por tres. Yo me las saque y fui a jugar volleyball en la tarde.”

Pues muy valientemente me sometí a la extracción de las dichosas cordales. El médico fue muy bueno, no hubo ninguna complicación y, de verdad, al extraerlas el dolor de oídos se fue instantáneamente.

Al día siguiente, me sentía algo golpeada. De plano no podía comer, pero no tenía mucha inflamación. Me encontraba muy feliz, para ser honesta. A medida las horas iban pasando, me ponía cada vez más inflamada, con un dolor más agudo y sumamente incomoda. Cada día que pasaba era peor.

Mis hermanos se reían de mi y me hacían bullying. Todos se asustaban porque en lugar de ir bajando la inflamación incrementaba. No podía hablar, no podía dormir de lado porque simplemente todo me dolía. Tenía hambre extrema. Tenía antojos de absolutamente TODO y no podía comer nada. Se me hacía agua la boca por una deliciosa hamburguesa o unos nuggets de Popeye’s.

Los días iban pasando y de plano no podía jugar un partido de volleyball como mi mamá me había dicho. Yo tenía que sentirme al 100 para el lunes porque tenía una semana bien ajetreada. Tenía una gira de trabajo en La Ceiba, luego debía de trasladarme a Tegucigalpa y sabía que nada de esos movimientos eran buenos para mi inflamación.

Cada día que pasaba me sentía un poco más frustrada. Me sentía inconforme con la decisión de haberlo hecho con tantas cosas encima. Y en mis adentros yo pensaba, “A quien le vine hacer caso. A mi mamá nunca le duele nada. Claro que se fue a jugar el partido”. Les confieso que en varias noches, ante la frustración del dolor y no poder comer, me fui a llorar solitariamente a mi cuarto.

El lunes finalmente me presenté a trabajar con unos cachetes de Quico enormes. El dolor persistía y no podía hablar tan bien ni tan rápido.

Les prometo que no me había quejado, pero por dentro ya no aguantaba más. Una amiga compartió una frase de un Santo que leía, “No te quejes, eso demuestra descontento con la voluntad de Dios en el momento presente. Eso también es prueba de impaciencia”.

De verdad, cuando leí esta frase, quede avergonzada. Yo me estaba quejando internamente de los dolores, de no poder comer sólidos, de estar cachetona, de TODO, sin ver el gran alivio que me había traído la extracción de las muelas. Estaba dejando de ver lo grande, bueno y maravilloso que había traído la extracción por algo circunstancial. Me asusté tanto porque recordé a alguien que se cruzó por mi vida que constantemente se quejaba. De verdad les digo, fue un llamado de atención que me estremeció. Me dije,

“¡Uyyy cuidadito, Nicole!”

De inmediato tomé otra actitud. Una actitud de agradecimiento, un agradecimiento profundo del cual muchas veces carecemos.

Como seres humanos a veces nos detenemos en cosas que realmente son incomodidades pasajeras y le quitamos mérito a la grandeza que nos está sucediendo. Muchas veces se nos da y, por cualquier problemita que pudiese haber existido, nos detenemos en eso sin ver la magnitud de la bendición.

No nos amarguemos ni frustremos por cosas pequeñas que realmente son sólo pasajeras, que simplemente son necesarias para sanar, para ayudarnos para alcanzar un bien mayor. No cerremos nuestros ojos y corazón a las bendiciones que podemos recibir por dos que tres problemitas. ¡Agradezcamos! ¡Cambiemos la actitud, el chip! Veamos todo como beneficio, como una oportunidad de cambiar para bien. No nos quejemos. Alegrémonos de todo y sepamos que todo es para mejorar.

¡Dejemos las quejas y seamos felices con todo y dolores de muelas!

¡Feliz Viernes! 😁

4 días después de la operación. Cara de Quico

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