Emociones Reprimidas

Hoy les voy a contar una anécdota personal con una actitud no tan Viernes de Nicole.

La cosa va así: el sábado le celebramos el cumpleaños a la novia de mi hermano. Ella es bien linda y cariñosa con todos nosotros y merecía una celebración amena. Mi hermano, muy disimuladamente, dijo que nosotras (mi mamá y yo) habíamos sido las inventoras y que nosotras nos encargáramos de todo.

En vista de que mi mamá está operada y no se podía mover, yo me encargué de todo.

Lo hice con el mayor de los amores y con gran felicidad. Había trabajado duro toda la semana. Había comprado día a día las cosas que se necesitaban para que todo quedara lindo. Quería hacer algo especial para alguien que es extremadamente especial con mi hermano. Incluso, hice yo misma las decoraciones, y no tengo ningún tipo de motor fino (y no quedaron mal).

Pues el gran día llegó. Me levante el sábado, decoré, limpié, hice todas las vueltas que me faltaban para que a las 4 de la tarde todo estuviese listo. No es porque yo lo haya hecho, pero todo quedó bien bonito.

Como a eso de las 5:30 de la tarde, los invitados comenzaron a llegar. Siempre tenemos a nuestro muchacho que se encarga de atender y a otro que se encarga de cocinar. No me pregunten qué pasó ese día, pero nadie estaba dando el ancho. Todo el mundo andaba disparado.

Obviamente, yo me estresé. Las hice de bartender, mesera, lavadora de platos, anfitriona, etc. Tal vez, y solo tal vez, no tenia la sonrisa que usualmente tengo, ni fui tan amable como suelo ser, pero era porque me estaba tocando todo. Mi mamá siempre me ha enseñado que si alguien llega a tu casa, los debes de atender con gusto, y les prometo que yo lo hacía con gusto.

Cuando estaba viendo lo de la comida, se me acercaron y me preguntaron qué era lo que me pasaba. Yo les dije que solo estaba tratando de atender a la gente. Me dijeron que estaba siendo grosera, que nadie me había pedido que hiciera esto y que qué estaba tratando de probar.

Y aquí viene lo bueno. Llámenlo estres, llámenlo hormonas, desesperación, lo que ustedes quieran, pero yo me solté a llorar. Y no les hablo de una pequeña lagrimita, pero llanto, llanto desgarrador. Quería meterles la cabeza en el asador y cocinárselas. Tenía una rabia terrible por lo que me había dicho y, más que nada, porque no encontraba la ayuda que necesitaba, mientras yo rumbiaba de un lado para el otro atendiendo a todo el mundo. Yo no esperaba un “gracias” o un “que buena anfitriona que sos” yo solo quería ayuda para que los invitados se sintieran cómodos.

En fin, la velada pasó. Todo el mundo se fue contento y agradecido. Yo termine agotada, pero satisfecha con la reunión.

El lunes, mi madre me vio un “tanto” alterada por una situación personal. Me dijo que estaba igual de “histeriquita” que el sábado. Que si me iba a poner así, que mejor no hiciera nada; que ella no me había querido decir nada el sábado, porque esperaba que yo sola cayera en la cuenta de esa furia interna que llevaba.

Al salir mi mamá del cuarto, respire hondo, biiieeeeen hondo, entré a mi closet y solté un grito. Si, si estaba enfadada. Si, estaba molesta, y hablar un poquitín fuerte y llorar era mi manera de desahogarme y seguir siendo este melocotón dulce que soy.

Siempre nos dicen que “aquello que nos enoja nos gobierna”, creo que eso es un 90% cierto, la mayoría de las veces.

La mayoría de las veces que algo nos enfada lo dejamos ir. A veces, cuando algo nos enoja mucho, tal vez no reaccionamos, pero si lo acumulamos sin darnos cuenta. Acumulamos en nuestro interior un sin fin de emociones que suprimimos y nunca liberamos, porque creemos que ya las dejamos ir. Le sonreímos a todo el mundo y andamos siempre felices, sin que nadie sepa que ese espacio reservado para esos enojos tragados, lentamente se va llenando.

Sin embargo, cuando nuestro vaso de “acumulación de situaciones incómodas” se llena, y por cualquier motivo, razón o circunstancia explota, soltamos algo, así como me pasó a mi el sábado y el lunes.

No es que seamos personas psicopatas, locos ni fúricos, simplemente tenemos que descomprimirnos y dejar ir todo aquello que llevamos dentro. Y puede salir de cualquier manera, sea llanto, gritos, andar enojado con la humanidad, lo que sea, pero solo es un ratito. Después se vuelve a ser la persona increíble y resplandeciente que usualmente somos.

Y, honestamente, creo que eso fue lo que me pasó a mi. Entre cansancio, estrés, hormonas y enojos acumulados desde a saber cuánto tiempo, me liberé. Me parece que hasta saludable es liberarse de los enojos pasados acumulados a lo largo del tiempo con un llanto o un par de gritos o unas indirectas, bien directas, sin que sea de todos los días.

Evitemos el cáncer, la gastritis, y los dolores de espalda con todas esas emociones reprimidas y liberémoslas cuando toque. Podremos pasar por “histeriquitos” un segundo, pero pasará rápido.

Tal vez este no sea el mejor consejo que como la escritora de El Viernes de Nicole les puedo dar, pero si es el más honesto y el más humano.

¡Feliz Viernes! 😊

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