La Magia de Cumplir 10 años

¿Cuántos recuerdan cuando cumplieron 10 años? ¿Cuántos recuerdan esa emoción? ¿Qué fue lo que sintieron? Yo recuerdo que cuando yo cumplí 10 años me creía toda una adulta. Estaba en tercer grado y había cambiado 3 veces de escuela, así que, según yo, me daba suficiente experiencia. A lo largo de la vida, me doy cuenta que esa niña interna sigue ahí, que sigo sintiendo esa emoción por los cumpleaños, por el pastel, por lo globos y el confeti. Me encanta esa sensación de los cumpleaños sin importar de quien sean.

El sábado pasado, Adrián Lorenzo, mi ahijado, cumplió esa mágica edad. Adrián es el más chiquito de la familia, sin embargo, siempre ha sido súper independiente, lleno de amor para todos los que conformamos la familia. Siempre lo he juzgado de maduro y dulce. Él siempre logra que toda la familia se reúna y pasemos momentos muy agradables.

Después de la pérdida de mi abuelita, tuvimos que hacer varias diligencias fuera del país. En vista de que coincidían que las fechas del cumpleaños de Adrián y que todos estaríamos ahí, tomamos un par de días para ir a los parques de diversiones. Muchas veces en mi vida había ido a los parques. Desde muy chiquita mis papas me llevaron, primero sola, después con mi hermano Fer y finalmente con Marcelo. Hemos sido fanáticos de los parques, pero a medida hemos ido creciendo, los destinos turísticos han cambiado.

Al estar ya en las puertas del parque ese día, en pleno verano, yo pensaba en mis adentros “Nicole, ¿qué haces aquí? ¡Te vas a morir en este gentillal de gente!” A medida abríamos paso por aquel mar de gente y llegábamos a las atracciones, en lo único que me fijaba era en la cara y el entusiasmo de Adrián. Sus ojos brillaban al ver cada una de las atracciones. Su sonrisa picaresca inconfundible llegaba de oreja a oreja y su corazón se aceleraba al acercase a las atracciones más rápidas. A Adrián no le importaban las filas, el sudor de la gente, el calor, mojarse hasta salir empapado; NADA cambiaba su rostro de felicidad y emoción. Para él todo era nuevo, aunque ya lo hubiese visto. Para él todo resultaba realmente maravilloso, sin importar todo lo que a los demás nos puede molestar. Sus ojos en ningún momento dejaron de brillar.

Les cuento fue un día en extremo agotador. Sin embargo, Adrián, al día siguiente, estaba listo para retomar la acción con la misma sonrisa picaresca de la que les hablo. Yo lo quedaba viendo y decía, “¿A qué hora nos perdimos?” “¿A qué hora tantas cosas externas nos comenzaron a importar que no disfrutamos la verdadera alegría que representa estar aquí?”

Llegué a la conclusión que a medida vamos convirtiéndonos en adultos, vamos desarrollando capas protectoras, como las cebollas, que van aislando a nuestro niño interior. De forma inconsciente guardamos a ese niño bajo llave y nos olvidamos de él. Dejamos que las situaciones cotidianas de la vida nos arrastren y no nos permitan ver las maravillosas cosas de la vida. Complicamos todo, lo vemos difícil y todo nos estorba, perdemos la emoción ante las cosas bellas de la vida.

Yo siempre había pensado que mi corazón y mi niño interior estaban latentes en mi vida diaria, pero al ver que me quejaba de la muchedumbre, entendí que había aislado esa parte sencilla de la vida. Ver a través de los ojos de Adrián me hizo darme cuenta de que la vida debe ser siempre vista a través de ese maravilloso cristal de 10 años. Nunca hubo un pero, nunca hubo un “no me quiero mojar”, es más, pedía que toda el agua le cayera a él.

La simplicidad en su vida me pareció maravillosa e inspiradora. No dejemos que la vida con sus problemas nos arrastre. Recordemos aquella maravillosa época en la que todo era más sencillo, más cotidiano y más llevadero. Donde podíamos disfrutar de todo, sin importar cuantos elementos externos pudieran cambiar eso.

Espero haber aprendido esa lección tan hermosa y poder ver a través de los ojos de Adrián todo lo bueno que trae la vida.

“El Niño que yo solía ser, hoy todavía vive y entre él y el adulto que soy no existe abismo alguno. Cuando dejamos de ser niños, estamos muertos. Nunca olvidar el Niño que somos”. Michael Ende

¡Feliz Viernes! 😊

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