Con grandes poderes vienen grandes responsabilidades

Creo que todos recordamos esas épocas de colegio donde la mayor de las preocupaciones y responsabilidades eran las clases. La semana pasada se me dio la oportunidad de volver a vivir, por un breve lapso, esa mágica época.

Con el motivo de socializar el cuento que escribí, me reuní con mis antiguas maestras de español. Les prometo que al ir caminando por los pasillos que conservan los mismos colores, me sentí emocionada y un tanto nerviosa, como si iba a exposición.

Era horario normal para los estudiantes, así que todos se encontraban en clases. Me dirigí hacia donde yo creía que seguía siendo el aula de español y me di cuenta que ya no se encontraba ahí. Muy amablemente un alumno me condujo hasta la clase de Mrs. Flamenco, la maestra de español.

Fue grato ver a una maestra tan querida después de tanto tiempo. La asignatura de español siempre fue mi favorita. Me encantaba leer las novelas, cuentos y poesías que se asignaban. Me trastornaban los murales y los libritos visuales alusivos al tema que estuviéramos viendo, aunque la parte artística no fue mi fuerte.

Sin embargo, al entrar al aula no sentí fervor de parte de los estudiantes. Se encontraban haciendo una “hoja reflexiva”, o sea, un examen. Habían escogido una pareja y se habían sentado a escuchar el audio que la maestra había puesto.

Fue verdaderamente impresionante para mi ver que ahora los exámenes eran con audio, pero más impresionante me resultó el hecho de que fuera en parejas.

Mientras presenciaba aquello tan ajeno a mi, me di cuenta que ninguno de los ahí presentes guardaba un respeto por la clase, por sus compañeros ni por el docente. No había silencio, todos utilizaban sus celulares, se levantaban al baño y aquel audio que tanto me había impresionado a mi, para ellos era lo más terrenal.

No me aguante y tuve que intervenir. Me imagino lo “vieja regañona” que habrán pensado que soy, pero no me importó. Les expresé lo impresionada que me encontraba de cuánto las cosas habían cambiado. De lo sorprendida que estaba de que ahora los exámenes fueran con audio; que no podía creer lo “suave” que Mrs. Flamenco se había vuelto y que en mi época JAMÁS hubiéramos hecho un examen en parejas. Que los teléfonos nunca fueron permitidos ni en la bolsa de la camisa del uniforme (aclarando que nuestros teléfonos no tenían internet), mucho menos sacarlos o contestar una llamada de la “mamá” estando en clase.

Mrs. Flamenco solo se rió y creo que por un breve momento recordó los tiempos de antaño, cuando era rigurosa y de cómo nos regañaba.

Les comenté a los alumnos de esa clase en particular, de lo afortunados que eran de poder recibir esta clase. Que la realidad social en Honduras es otra muy distinta. Que en una escuela pública ni sueñan con conocer a Miguel de Unamuno, la Generación del 98, ni tan si quiera El Quijote. Que el conocimiento que ellos estaban recibiendo en ese momento, podría parecerles superfluo, pero que lo deberían de aprovechar.

Mi pequeña intervención no llego muy lejos. Así como las palabras salían de mi boca, así salían de sus oídos. No les miento que me dio escalofríos ver su indiferencia.

No podía creer cómo una mentalidad que está en su mayor punto de “absorción” de conocimiento, no le importara, cómo podían verlo tan fríamente.

Yo realmente no sé si son las épocas, las generaciones que van cambiando o que uno ahora, maduró un poco y ve las cosas de manera distinta. Yo no puedo imaginar o creer que las personas con un futuro tan prometedor sean tan insensibles, tan indiferentes. Que no puedan apreciar esa maravillosa oportunidad que tienen día a día de poder asistir a un lugar tan maravilloso. Que si vieran un aula de una escuela pública, darían gracias y amarían ir a la escuela. Que si pudieran apreciar el conocimiento y la ortografía perfecta de sus docentes, verían que son cosas que no todos los niños y adolescentes pueden gozar. Que ahora ellos pueden llevar computadoras y tabletas para leer las asignaciones, las novelas y cuentos, y que un niño en una escuela pública, nunca tendrá un libro de esos.

Uno aprende a amar los lugares donde fue feliz. Yo fui extremadamente feliz en mi escuela y creo que es precisamente por eso que me duele tanto ver estas circunstancias. Me duele ver la indiferencia, esa inclinación al rechazo de los problemas que no trastocan personalmente a nadie y son realidades que muy literalmente se encuentran a la vuelta de la esquina. Me duele ver que no se aprecie cada detalle, ya que somos extremadamente afortunados de poder asistir a una escuela privada con tantas comodidades.

Esa desidia, ese desamor y desapego a los que nos sirven y a todo los que nos dan, no lleva a nada bueno. La insensibilidad nos llevará a ser fríos y distantes. Estoy segura que esos sentimientos no pueden traer nada bueno a nuestras vidas. Que el genuino interés por aprender, por amar lo que hacemos, amar a quien tenemos y lo que tenemos, no solo nos hará grandes profesionales, pero grandes seres humanos.

Al salir de nuevo por los pasillos por los que muchas veces corrí para llegar a tiempo a alguna clase, sentí un dolor muy grande. Sentí un hueco en mi corazón al ver aulas llenas de corazones vacíos. Aulas llenas del futuro más brillante que Honduras tiene para ofrecer, sin ningún sentido ni responsabilidad social.

Espero honestamente, que esta mentalidad cambie. Que aprendamos a ser corazones solidarios y agradecidos con todo aquello que se nos ha dado.

“No me duelen los actos de la gente mala, me duele la indiferencia de la gente buena”. Martín Luther King

¡Feliz Viernes! 😊

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