Honduras se levanta

Sé que mucho ha circulado en las redes, en las conversaciones y en los medios de comunicación sobre la situación actual en Honduras. Cuestioné mucho si escribir mi Viernes sobre este tema. A veces nos cansamos de escuchar lo mismo. Sin embargo, creo poder darle un enfoque positivo y a la vez compartir mi experiencia. Los días miércoles y jueves de la semana pasada nuestras ciudades vivieron un caos terrible. Locales fueron saqueados y luego incendiados, personas golpeadas, toma de carreteras, el miedo y el temor se apoderó del rostro de nuestro país.

A mi me tocó estar en la ciudad de La Ceiba mientras todo esto acontecía. Por motivos de trabajo me tuve que trasladar durante toda la semana. Al principio, todo marchaba bien; llegue a la ciudad con tranquilidad y sin ningún problema. A medida los días transcurrieron, todo fue cambiando. La gente se ausentaba de sus labores, los bancos estaban llenos, había desolación en las calles; pero, lo más impactante fue la tensión que se sentía en el ambiente. Esa tensión que se podía percibir solo con el hecho de verle el rostro a la gente. Se respiraba y comía incertidumbre y miedo.

Mi mayor preocupación se concentraba en poder llegar a salvo a mi hogar junto con las personas que me acompañaban. Después de culminar nuestras labores el viernes, tratamos de movilizarnos hacia la salida de La Ceiba, pero se encontraba completamente tomada por los manifestantes. Sentíamos miedo e incertidumbre porque no sabíamos como íbamos a pasar. Los manifestantes se encontraban enardecidos. Había quema de llantas, fuego por todas partes y, lo que más podía percibir, miedo.

Nos volvimos a trasladar al hotel que muy amablemente nos ofreció su ayuda y disposición para poder quedarnos el tiempo que necesitáramos. Después de impuesto el toque de queda, pensamos en que podríamos pasar, aunque no fuera lo correcto, pero era la oportunidad que teníamos. Después de hablarlo y meditarlo con varias personas, decidimos no movilizarnos, ya que lo haríamos en horas de la madrugada en pleno toque de queda. El día sábado nos dispusimos a salir muy temprano y cuando llegamos al municipio de San Juan Pueblo, no pudimos pasar. Había manifestantes por toda la calle principal de dicho municipio y muros de piedras puestos por los manifestantes impresionantes; algo que yo nunca antes había visto.

Cuando me acerqué a los manifestantes para preguntarles si se moverían en algún momento o si sería posible el paso, ellos me dijeron que: “Ahí habían amanecido y que ahí se quedarían”; “Que aunque me quisieran dejar pasar, no podían”; y “que de nada servía que ellos me permitiesen el paso, si más adelante no me dejarían pasar y que corría el riesgo de que me quemaran el carro”.

Después de estar tres horas ahí, decidimos devolvernos a la ciudad de La Ceiba. Nos sentíamos desmoralizados, decepcionados y, más que nada, desesperados por volver a nuestro hogar. Ingresamos al aeropuerto para poder conseguir otra manera de transportarnos a nuestra ciudad pero fue imposible. El aeropuerto y las aerolíneas eran un caos. Nadie nos daba respuestas y después de la amable conversación que tuvimos con los manifestantes, sabíamos que irnos vía terrestre no era factible.

Después de varios mensajes, llamadas y un ataque de histeria y llanto, por fin conseguimos los boletos aéreos para el domingo por la mañana. Sentía una felicidad increíble, ya que después de 6 largos e intensos días, por fin llegaría a mi hogar.

Al despertarme muy temprano para llegar al aeropuerto, podía ver en las calles de La Ceiba aquella desolación, se veía triste. Al pasar nuevamente por el puente Danton, los manifestantes estaban nuevamente ahí. Sin evitar el paso, pero seguían ahí protestando.

Cuando llegamos a San Pedro Sula, todo el mundo nos decía que teníamos que pasar rápido, ya que habrían manifestaciones en La Lima y que podríamos quedar atascados nuevamente. Afortunadamente no fue así y pudimos llegar a nuestros hogares.

Al cruzar pudimos ver los despojos de lo que los saqueos y protestas habían dejado. Veíamos humo, vidrios, llantas quemadas por donde pasábamos, parecía una zona de guerra.

Yo veía aquello y me parecía irreal. No podía creer que algo así hubiese pasado en San Pedro Sula. Me dolía el corazón ver a la gente que había perdido todo… su trabajo, su negocio, su libertad. Al ver todo esto no podía dejar de pensar el viejo refrán que dice “entre más oscura es la noche, más cerca está el alba”.

Las palabras de Alfonso Guillén Zelaya vinieron rápidamente a mi corazón: “lo esencial es que cada uno tenga la dignidad de su trabajo, la conciencia de su trabajo, el orgullo de hacer las cosas bien, el entusiasmo de sentirse satisfecho de hacer lo suyo”.

Y fue en esto que fallamos. Son estas palabras las que deben existir en el corazón de cada uno de nosotros, en cada Hondureño. Esa certeza y entusiasmo de que trabajamos unidos, teniendo la convicción de que hacemos las cosas bien. Honduras riega nuestras vidas con el agua de sus ríos y calienta nuestra alma con su sol ardiente. Honduras es esa tierra benditamente exótica, llena de gente trabajadora.

El hondureño es amable, comedido, luchador, humilde de naturaleza. Somos gente alegre y jovial, sin importar cual sea nuestra edad, llevamos carisma y la sonrisa como carta de presentación. Somos eso que se nos inculcó en nuestros hogares, por humildes que fueran. Somos ese fuego y ese amor que lleva la fiesta y la diversión donde va.

Yo les quiero decir, Honduras no es lo que vimos la semana semana pasada, Honduras es mucho más. Honduras es esperanza.

Después de todos los sucesos e incertidumbres, salimos a trabajar, salimos a solucionar y salimos a vivir. No nos quedamos de brazos cruzados, no nos quedamos en zozobra, nos movimos como se nos caracteriza, a ver cómo podíamos solucionar nuestro entorno inmediato. Hoy por hoy, lenta y paulatinamente, Honduras vuelve a la normalidad.

Yo sé que los hechos de la semana pasada son inexcusables, sé que van mucho más allá de protestar por la inconformidad, pero puedo ver después de ellos, una sociedad que entiendió su quebrantamiento y la necesidad de sanar que existía en la misma. Cuando vienen este tipo de crisis, es momento de ver y reflexionar en qué estamos haciendo mal y qué podemos hacer para sanarlos. He podido percibir esta actitud en cada uno de los lugares que he ido y las personas con las que he podido conversar, TODOS queremos unidad y paz.

Guillén Zelaya continúa recordándonos que: “Todos somos algo, representamos algo, hacemos vivir algo, en la siembra del grano que sustenta nuestro cuerpo vale tanto como el que siembre la semilla que nutre nuestro espíritu, como que en ambas labores hay algo envuelto, hago trascendental, noble y humano: dilatar la vida”.

Después de todo lo que sucedió, Honduras se levantó y decidió seguir adelante. Los hondureños decidimos dejar atrás el miedo, el resentimiento, el odio y determinamos trabajar, progresar y erguirnos en actitud de reconciliación y orgullo luchando por una tierra de amor y paz.

¡Honduras se levanta!

¡Feliz Viernes! 😊

6 comentarios en “Honduras se levanta

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