¿Qué es la inspiración?

¿Que entendemos como inspiración? ¿Sabemos realmente lo que la inspiración puede lograr? La Real Academia Española define la inspiración como: “el estímulo o lucidez repentina que siente una persona y que favorece la creatividad, la búsqueda de soluciones a un problema…”. Sin ánimos de ofender a la Real Academia Española, creo que esa definición limita el poder de acción de esa palabra.


Tenemos esta concepción errónea que la inspiración nos llega después de algún tipo de revelación divina o después de alguna situación que cambió nuestra vida. Queremos encontrar inspiración en personas con grandes fortunas, haciendo cosas increíbles a gran escala, pensando que nosotros jamás podremos realizar algo así de grande por no tener los medios y nos quedamos de brazos cruzados. Esperamos, a veces la vida entera, a que llegue ese momento significativo para poder adquirir inspiración y ejecutar algo grande; y, la gran verdad es que podemos perder nuestra vida en espera de esos momentos.


Algo sucedió en mi semana que me hizo replantearme estas concepciones. Un muy buen amigo viajó desde Colombia hacia Honduras para poder pasar sus vacaciones. Mi amigo es actualmente seminarista en Antioquía. Al saber de su llegada a tierras hondureñas, no pude más que hablarle de la escuela, a la cual asisto como maestra, hablándole de las necesidades que habían en la misma, pero que la necesidad más grande era el amor. Él, como es su costumbre, muy amablemente estuvo dispuesto a ir.


El lunes de ésta semana emprendimos nuestra marcha hacia mi amada escuelita. El mundo de la escuelita es como entrar en una realidad totalmente distinta a la nuestra. Es difícil concebir que en la ciudad industrial de Honduras exista un area en total olvido, un espacio que se encuentra suspendido de cualquier tipo de infraestructura vial. Solo puedo describirlo como entrar a Macondo, mi Macondo. Los niños viven una realidad muy distinta a la de cualquier niño promedio. Vienen de hogares desintegrados, a veces no conociendo ni a mama ni a papa. Vienen de un mundo en el que, a una muy corta edad, les toca trabajar, cocinar, limpiar y criar a sus hermanos más pequeños. Donde la alimentación es escasa y las medicinas inexistentes.
Al llegar a la escuela se supone que la dureza de la realidad del hogar debería de cambiar. En éste caso, pasa todo lo contrario: sumerge a los niños en un estado de conformismo y tristeza terribles. Solo para darles una idea, justo enfrente de la escuela hay un cementerio, donde los niños juegan, esperan y se sientan sobre las tumbas. Así es la realidad de mi escuelita. 
Sin embargo, al llegar mi amigo, la realidad de los niños se transformó. Ellos emocionados le preguntaban si conocía a James Rodríguez; le preguntaban de que equipo de fútbol era y si era campeón; las niñas le cantaban canciones colombianas que habían escuchado. Lo que más me llamó la atención fue cuando él en su momento les pregunto si alguna vez habían sembrado algo. En su mayoría los niños contestaron que si. Les pregunto: ¿Qué cosechan si siembran un palo de guayabas? Los niños entre risas contestaron que guayabas. Les pregunto nuevamente: ¿Quien que haya sembrado un palo de guayabas cosecha limones? Los rostros de los niños estaban algo confundidos, pero contestaron al unísono que “nadie”. Él les comenzó a decir que lo mismo pasa con las virtudes y los sentimientos, que dependiendo de lo que sembremos, eso será lo que recibiremos.
Les comenzó a hablar de su vida antes del seminario y les compartía que debido a que él había crecido sin un papá, desde muy pequeño le había tocado trabajar. Que él jamás había aspirado a salir de su país. Que nunca se había imaginado que se subiría a un avión. Que él tenía la idea de que solamente debía de trabajar, aspirando algún día a tener algún negocio para poder subsistir. Que su vida fue tomando una dirección distinta debido a lo que él había sembrado en el transcurso del tiempo. Les dio testimonio de lo que se puede alcanzar si se quiere salir adelante. 
Para mi, eso fue inspiración. Mi amigo transmitió a eso niños, la energía, la fe de que si siembran cosas buenas, su futuro y su realidad tan sombría pueden cambiar. Si ellos en su hogar reciben golpes y en la escuela desprecio, ellos pueden transformar todo ese dolor en algo maravilloso en su testimonio de vida y alentar a otros al cambio y al camino de bien. 
Inspirar no es esperar un momento de revelación, es aportar ese pequeño granito de arena para dar a los que nos rodean un mejor día. Inspirar no consiste en tener grandes cantidades de dinero para realizar acciones, consiste en dar nuestro testimonio de vida para que otros semejantes a nosotros, sepan que se puede salir de las oscuridades que se presentan en nuestra vida. Inspirar es darnos a nosotros mismos en ayuda a los demás. Que nuestro éxito se asegura cuando nuestros sueños son más grandes que nuestras excusas. 

Inspirar y motivar no consisten en un momento determinado, consisten en una sucesión de hechos, que son los que llamamos vida. Nuestra vida debe de servir de inspiración para todos los que nos rodean. 
Estoy segura que mis niños han cambiado la perspectiva de vida a lo grande y se vieron inspirados por mi amigo en la más humilde de las maneras: su testimonio de vida. 


Y tú, ¿Qué siembras? 
¡Feliz Viernes! 😊

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